El Gato y su Sombra


El artista de paredes acabó su obra, la miró un instante y dejo su firma: una pequeña huella negra de gato
-¡Rápido Gato Sigiloso! -grité –huye, vienen las ratas- me giré, y observé a las enormes ratas que me segaban con sus brillantes ojos rojos. Al girarme, Gato Sigiloso había desaparecido. Entró en una madriguera y luego se coló en el metro de la ciudad. De pronto, alguien se sentó a su lado, llevaba en su rostro una venda que cubría sus ojos.
-¿Qué te ha pasado? -susurro Gato.
-Un día descubrí que me estaba convirtiendo lentamente en una sombra. Temía desaparer cuando la luz me abandonase, así que intente retener toda la que pude. Un día, abrí los ojos todo cuanto mis parpados me permitieron y pase días enteros sin pestañear. Capte tanta luz, fue preciso. Pero los médicos, una vez más trajeron buenas nuevas y dieron por perdida mi visión para siempre.
-¿Cómo te llamas?
-Llámame simplemente Sombra.
Gato Sigiloso la ayudo a orientarse hasta su casa. Cuando se marchó, observó como jamás lo había hecho, ni siquiera en su infancia, sus pies ante la luz de una farola, y descubrió que carecía de sombra. Corrió hasta el portal de la joven y jamás dejó de hacer de su guía.

Pero con el paso de los días, Sombra empezó a trasparentarse. “Claro” pensó él “la luz la esta abandonando y por eso ella desaparecerá”
El día en que sucedió, el enloqueció. Un cáncer fue la última palabra que oyó su mente, de boca de un medico que intentaba explicarle que “esas cosas ocurren”.
Tomó pintura negra y corrió por toda la ciudad sembrando sombras sobre las pálidas paredes, intentando retener el recuerdo de la joven.
“¡Rápido Gato Sigiloso, huye vienen las ratas!” grité de nuevo. Vi como las gordas ratas se acercaban y al girarme, Gato Sigiloso seguía allí.
Pero las rejas no fueron suficientes. Una noche, se asomó por la ventana y la luz de la Luna lo llamó. En ese instante, se transformo en un pequeño gato negro que pudo salir por entre los barrotes.
Pasó toda la noche corriendo y saltando, entre los tejados de la ciudad, maldiciendo la luz. Hasta que, por segunda vez en su vida, miró de nuevo a sus pequeñas patas y observó que su sombra había regresado. Las tres últimas lágrimas de sus ojos cayeron y entonces, pudo contemplar la Luna.

1 comentarios:

Condesa Morfina 29 de septiembre de 2008 01:47  

Joder, te has puesto romántico y todo, me encanta este relato, es trágico pero hermoso; lo he visualizado como si fuese un cómic, Gato Sigiloso y Sombra, el amor imposible vagabundeando por calles siniestras.
Me encantaría verlo en papel!!!!